Mujeres que trabajan por el medio ambiente en Bogotá - 2023

 

Arelis Salgado: sanando heridas y mirando la vida con esperanza, de la mano de las 'Mujeres que reverdecen'

Arelis Salgado, sanando heridas y mirando la vida con esperanza

  • Aunque atentar contra su propia vida fue una alternativa que contempló, tras años de pruebas difíciles, Arelis encontró en 'Mujeres que Reverdecen' una esperanza para aprender, conocer nuevas personas y reactivar su propio negocio.
  • Ahora, Arelis, quien llegó a Bogotá desde María La Baja, Bolívar, prepara y comercializa aceite de coco para seguir adelante con su familia.
  • "Con esta idea también seguiré incentivando a mis hijos a luchar por lo que quieren, a ser mejores personas y a cuidar todo lo que nos rodea con simples acciones, como no botar basura a las calles. Vamos a seguir adelante, tocaré puertas; si la vida me dio una nueva oportunidad es porque algo grande voy a lograr".
Bogotá, 25 de julio de 2023. (@AmbienteBogota). Arelis Salgado aún no se explica qué fue lo que la salvó de tomar la dolorosa decisión de atentar contra su propia vida. Dice que, mientras estaba en su cama, profundamente deprimida por no encontrar una solución a sus problemas de escasez económica y abandono, vio cómo una figura blanca y brillante apareció frente a ella y le dijo, puntualmente: "No lo hagas, tú puedes salir adelante".
 
Por todos los duros momentos que ha tenido que pasar, Arelis dice que a veces, solo a veces, cree en Dios. Para ella, tal vez fue él, un ángel o hasta la voz de su propia conciencia lo que apareció en ese momento para mostrarle que siempre puede haber otra salida.
 
Arelis tiene 48 años y nació en María La Baja, Bolívar. Desde 2008 tuvo que llegar a Bogotá, ya que fue víctima de desplazamiento forzado. Creció con sus abuelos, porque sus padres, al separarse, tomaron la decisión de irse a otro país y abandonarla a ella y a sus otros seis hermanos. 
 
Sin embargo, -recuerda- su infancia al lado de sus abuelos fue una de las mejores épocas de su vida. Si bien los recursos no alcanzaban para que ella pudiera dormir en una cama confortable, sino en el suelo, nunca pasaron hambre. "Mis abuelos se dedicaban a la agricultura; sembrábamos yuca, plátano, arroz¿ de todo. Disfrutaba ayudarles a hacer bollos de mazorca. Ya ellos están descansando y yo solo tengo agradecimiento por todo lo que me dieron".
 
Las pruebas duras para Arelis comenzaron con sus hermanos. Tres de ellos murieron de manera trágica y repentina. De ahí en adelante, con el propósito de cambiar su vida, ella empezó a tomar decisiones que la afectaron por completo. "La vida era chévere, pero uno mismo se la complica. Por salir de la pobreza en la que estábamos, pensaba que todas las personas eran buenas y conocí a alguien que andaba con la guerrilla. Él me mostró, en ese momento, otro mundo y me dejé llevar y me fui a vivir con él, pero pasó lo peor", cuenta.
 
En ese momento empezó su "calvario", como ella misma lo llama. A sus 20 años, Arelis tuvo que sufrir el drama de huir de cualquier lugar porque este hombre sufría una persecución constante de los grupos armados con los que estuvo involucrado; aun así, Arelis soportó 15 años a su lado. "Teníamos que correr de un lado a otro; no teníamos nada. Cuando pensé que iba a tener una buena vida, no la tuve", recuerda.
 
Sin embargo, esta situación no se compara con lo que tuvo que vivir tiempo después. Un día, mientras estaba en su casa, entraron a la fuerza cinco hombres que buscaban a su expareja; como él no estaba en ese momento en su hogar, decidieron agredir física y sexualmente a Arelis.
 
Ella dice que, a pesar de lo que sufrió, ese día pudo haber terminado peor. "Gracias a Dios no me mataron, porque a ellos no les tiembla la mano. Me salvé porque mi tío venía con ellos y, aunque vio todo lo que me hicieron, pidió que no me quitaran la vida, aunque yo les suplicaba a gritos que mejor lo hicieran para no sufrir las secuelas de este abuso". 
 
Aunque buscó un refugio y quiso demandar este hecho, Arelis nunca encontró un apoyo de las autoridades de este municipio ni atención médica. Tuvo que curarse a sí misma todas las heridas físicas que le habían causado. No obstante, las emocionales fueron las más dolorosas y difíciles de tratar.
 
Tiempo después, Arelis se dio cuenta de que, como consecuencia de esta violación, también quedó embarazada; sin embargo, la niña que tuvo nació enferma y murió a los cuatro meses. Luego de enfrentar esta situación y ser víctima de desplazamiento forzado, por parte de este grupo de hombres que la seguían dondequiera que fuera, decidió viajar a Medellín con una amiga. En esta ciudad conoció a otra persona con quien tuvo cuatro hijos. 
 
Cuando regresó al pueblo donde vivía, un comandante de este grupo armado la obligó a irse de nuevo. "Me dijo que me daban un plazo de 24 horas o si no reclutaban a mis niños y me los quitaban". Finalmente, Arelis logró pedir una reubicación como desplazada en Bogotá. Una amiga de ella la acogió un par de semanas en su casa, junto con su pareja y sus cuatro hijos. 
 
Estos primeros días en Bogotá fueron complejos para ella. Aunque vivía con el padre de sus hijos, ella sola debía buscar la manera de alimentarlos y sostener su hogar, ya que él tenía una fuerte adicción por el alcohol que, incluso, lo llevó a agredir a Arelis.
 
"Peleábamos constantemente y delante de los niños; a veces, mis hijos también interferían. Pusimos un bar como negocio, pero fue lo peor porque él era muy celoso y se enfurecía si otros hombres me miraban. Yo solo pensaba en trabajar y él solo tomaba y tomaba. Por eso, tiempo después nos separamos y yo me fui a Ciudad Bolívar a vivir con mis hijos", relata.
 
Con el respaldo de un proyecto de la Unidad para las Víctimas, Arelis también recibió las herramientas necesarias para administrar un puesto de comidas rápidas. Sin embargo, no logró recibir los recursos suficientes para sobrevivir. Su angustia cada día era más grande e, incluso, sus hijos también podían sentirla. "Por pasar tanto tiempo sin comer, mis hijos lloraban y traían cosas que tomaban de las tiendas sin permiso. Yo les decía: 'No hagan eso, solo pidan'".
 
Días después, una amiga llegó a su casa para darle una idea que, aunque no parecía muy prometedora para ella, terminó siendo su mejor opción para salir adelante y tener todo lo que tiene hoy. "Me dijo: 'hagamos aceite de coco para vender, que un amigo nos explica cómo se hace'. Y ahí fuimos. Hemos sobrevivido por eso", agregó.
 
Arelis Salgado
 
Las pruebas aún no terminaban
 
Cuando Arelis había logrado encontrar una solución para mantener su hogar y poner en marcha un punto de venta físico de aceite de coco, llegó otra prueba para su vida: la pandemia del covid 19, que la obligó a cerrar su negocio y a pensar de nuevo qué hacer para sostener a su familia.
 
Durante ese tiempo, Arelis apenas lograba pagar el arriendo del lugar donde vivía y, si alcanzaba, alimentaba a sus hijos. "Durábamos dos o tres días sin comer. Para mí era muy duro escuchar que mis hijos me decían que tenían hambre y yo sin poder darles nada".
 
A esto se le sumó el hecho de que Arelis tuvo que hacerse cargo de dos nietos pequeños, ya que la madre también había decidido irse y su hijo, el padre de los niños, no podía mantenerlos solo.
 
Por pasar sus días de sufrimiento en sufrimiento, la salud mental de Arelis se estaba deteriorando cada vez más, tanto es así que solo veía una solución en el suicidio. "Me preguntaba por qué me estaba pasando todo eso. No le veía sentido a la vida. Solo sufra, sufra y sufra desde que nací".
 
Una motivación para soñar y emprender
 
Un día, Arelis salió de su casa y en la Alcaldía de Ciudad Bolívar vio una larga fila que llamó su atención. No pudo evitar su curiosidad y decidió hacerla para averiguar de qué se trataba. 
 
Allí se dio cuenta de que había un programa llamado 'Mujeres que Reverdecen' que ayudaba a mujeres en condición de vulnerabilidad a salir adelante y a tener una nueva oportunidad de recibir ingresos económicos y atención integral, a cambio de aprender sobre el medioambiente y vivir experiencias diferentes mientras aportan a su cuidado. 
 
Ella logró inscribirse a la primera y segunda fase de este programa de la Administración distrital. "Me sirvió de mucho porque en ese momento estábamos muy mal pensando cómo iba a pagar el arriendo. Este programa me quitó esa angustia", dice.
 
Durante estas dos fases, Arelis asegura que aprendió a sembrar y a cuidar su entorno. Al estar sumergida en la naturaleza, volvió a su infancia y recordó sus días en el campo, cuando vivía con sus abuelos. "Aprendí cosas muy bonitas; lo primero, a valorar a las personas y al trabajo que hacen".
 
Pero, sin duda, lo que más agradece Arelis es haber recibido el apoyo emocional que jamás encontró en otro lugar. Con 'Mujeres que Reverdecen' pudo recibir atención profesional de una psicóloga que aún la sigue acompañando y visitando dos o tres veces a la semana, a pesar de que ya finalizó sus dos etapas de este programa. 
 
El apoyo que Arelis ha recibido de sus compañeras y profesoras del programa también ha sido significativo. En sus clases, ella pudo dar a conocer su negocio de aceite de coco y revivirlo de manera más sostenible. 
 
En 'Mujeres que Reverdecen' tomó las fuerzas necesarias para retomar su idea. Además, cuenta con el apoyo de su hijo mayor, quien le ayuda a pelar y rallar los cocos y a comercializar el aceite a empresas y personas interesadas en los beneficios que este producto brinda para la salud y el cuidado. "El proceso del aceite de coco puede tardar hasta cinco días, pero juntos lo sacamos adelante. A la gente le gusta mucho porque tiene muchas propiedades medicinales y estéticas, por ejemplo".
 
Arelis pasó de no encontrar una salida a tener una vida llena de sueños y esperanzas. Su siguiente proyecto es tener nuevamente un local donde pueda vender aceite de coco. "Con esta idea también seguiré incentivando a mis hijos a luchar por lo que quieren, a ser mejores personas y a cuidar todo lo que nos rodea con simples acciones como no botar basura a las calles. Vamos a seguir adelante, tocaré puertas; si la vida me dio una nueva oportunidad es porque algo grande voy a lograr".
 
Por mujeres como Arelis Salgado, Bogotá reverdece.
 
*Quienes deseen apoyar el emprendimiento de Arelis Salgado y adquirir el producto que comercializa, pueden comunicarse al número telefónico 312 3924562.
 
Escrito por: Laura Rodríguez Arévalo

 

Así fue el reverdecer de Leandra Marulanda, mujer resiliente que ahora emprende con el compostaje

Leandra Marulanda, mujer resiliente que ahora emprende con el compostaje

  • Leandra Marulanda, oriunda de Armenia, vive desde hace más de 20 años en Bogotá y, aunque sufrió las consecuencias económicas de la pandemia, logró convertirse en una emprendedora con el programa 'Mujeres que Reverdecen'.
  • Junto con cinco compañeras del programa, Leandra creó un negocio llamado 'Le Compagine Bio', que provee abono orgánico.
  • Al ser parte de 'Mujeres que Reverdecen', Leandra se recuperó emocionalmente y fortaleció a sus compañeras para sacar adelante sus sueños de emprender.
  • "Sentí de nuevo alegría por sentirme útil. El cambio lo sentimos en todo sentido: física y anímicamente; fue extremo. Claudia López fue la única alcaldesa que realmente pensó en nosotras, las mujeres", señala Leandra.
Bogotá, 07 de junio de 2023. (@AmbienteBogota). "Reverdecer es una palabra maravillosa, porque significa volver a ser verde después de que el campo estaba seco; significa esperanza y volver a ser. Pero tiene más significado cuando su fin y objetivo es impulsar a una mujer en este país donde, aun sin protagonismo, somos sustento y la fuerza que mueve una sociedad. Somos hijas, madres, hermanas, tías y abuelas que, con programas como ''Mujeres que Reverdecen'' somos empoderadas como luchadoras; y que, al igual que la tierra, el agua, la flora y la fauna, somos sinónimo de vida y resistencia¿.
 
Cada vez que Leandra Marulanda abre un cuaderno que tiene guardado en uno de los cajones de su casa y lee este fragmento que escribió con su puño y letra, vuelve a sentir la misma emoción que tuvo cuando lo leyó en voz alta, frente a casi 100 mujeres que, como ella, terminaban de cursar la segunda fase del programa 'Mujeres que Reverdecen'.
 
Dos años atrás, Leandra no se hubiera imaginado que podría estar de pie frente a tantas personas, escuchando, apenas, el eco de su voz firme llenando un auditorio e inspirando a otras mujeres. Aunque siempre se ha caracterizado por tener un carácter fuerte y un espíritu emprendedor, tuvo que vivir momentos complejos por causa de la pandemia del covid 19, de los cuales no sabía cómo recuperarse.
 
"Llegó el covid. La única que estaba trabajando era una de mis hijas porque los otros se quedaron sin trabajo. Yo peso 55 kilos, llegué a pesar 40 kilos de pensar: '¿mañana qué?' Pues si había para una cosa no había para la otra. Si antes no conseguíamos trabajo, mucho menos en ese entonces. Y aquí en Colombia las mujeres después de los 40 ya somos mayores y no servimos, pues peor¿", comenta.
 
Leandra nunca había vivido una situación similar. Encerrada en su casa con sus seis hijos; con los servicios del agua, la luz y el gas cortados; y pagando la reconexión de estos cada vez que podía, estaba desesperada por no tener ninguna alternativa.
 
Por casi cuatro meses tuvieron que sobrevivir con lo que ganaba una de sus hijas en su trabajo. Por suerte, no tenía que pagar arriendo, porque hacía unos años había logrado comprar una casa en el barrio Tierra Buena, en la localidad de Kennedy; y tiempo después, otra de sus hijas logró conseguir un empleo y apoyar a su familia.
 
Pero Leandra no estaba tranquila. En ese entonces tenía 48 años y sentía que aún tenía mucho para dar; sin embargo, veía que las opciones de empleo para mujeres como ella eran cada vez más limitadas.
 
Su preocupación no era para menos; Leandra, que nació en Armenia, Quindío, lleva en sus venas un espíritu emprendedor que nunca la deja estar quieta. Siempre se ha movido de un lado a otro buscando nuevas oportunidades, más aún desde que tomó la decisión de vivir en Bogotá.
 
"Vivo en Bogotá hace 22 años. Era la menor de seis hermanos y tomé la decisión de venir a esta ciudad porque me iba a presentar a la Policía. Pero, aunque presenté todos los papeles y exámenes, nunca logré pasar; siempre me había cuestionado el porqué. Entonces estudié mercadotecnia y empecé a trabajar en este campo. Fui impulsadora de ventas por casi 13 años", explica Leandra. 
 
Emprender para reverdecer
 
Aunque en Armenia vivía con su mamá, con quien solía ser muy unida, fue ella, precisamente, quien le sembró ese espíritu emprendedor que desafía cualquier circunstancia. "Mi mamá es de Manizales y me enseñó a ser 'echada pa'lante', a ser sincera y a respetar a los demás. De ahí he sacado el impulso para hacer todo lo que he hecho hasta ahora. Ella ya no estaba trabajando y no me podía ayudar con mis estudios profesionales, por eso decidí viajar a Bogotá", agrega Leandra.
 
Pasar de una ciudad cálida, en la que casi todos se conocían entre sí, a otra en la que el tiempo pareciera correr más rápido y que cada día recibe a cientos de personas de todas partes del país y el mundo fue un reto para Leandra. No obstante, solo le bastaron dos meses para acoplarse a un nuevo ritmo de vida y encontrar su primer empleo. 
 
Tiempo después conoció a quien se convirtió en el papá de sus hijos. Aunque se separaron hace tres años, Leandra encontró en ellos su motivación para seguir trabajando y buscar una casa donde pudieran vivir en tranquilidad. 
 
Leandra siempre soñó con una casa, en lugar de un apartamento. Quería tener la seguridad de que, cada vez que tuviera que salir a trabajar y dejar a sus hijos solos, nadie podría entrar para hacerles daño. Un día, un compañero de trabajo le ofreció un casalote en el barrio Diana Turbay; dijo que se lo podía vender por cuatro millones de pesos. 
 
En medio de una conversación casual con su jefe, Leandra le comentó la propuesta que recibió y que no tenía ese dinero para comprar esa propiedad. "Mi jefe me respondió que si yo lograba sacar los cuatro millones de una máquina dispensadora de cigarrillos que él tenía, me los prestaba. Y yo saqué puras monedas de 200 pesos. Al final conté cuatro millones quinientos mil", relata Leandra.
 
Con una bolsa repleta de monedas de 200 pesos, que tenía que cargar con demasiado esfuerzo, Leandra fue a cerrar su negocio. "Yo decía: 'bueno, si es para mí todo se dará'", agrega. Finalmente, su compañero no dudó en venderle su casalote, argumentando que "dinero era dinero".
 
Sin embargo, Leandra y sus hijos nunca olvidarán el día en el que llegaron a su nueva casa. "Fue una anécdota. Mi hija me decía: 'mami, las casas alrededor parecen de pesebre' y yo miraba hacia arriba y veía que cada vez que llovía se deslizaba la tierra", cuenta. 
 
Al ver cómo la tierra se venía prácticamente encima, Leandra, que tenía una sala grande en su nueva casa, adecuó un albergue para ayudar a sus vecinos afectados. Como podía, acomodaba colchonetas en el piso donde las familias podían hospedarse. "Yo nunca había visto algo tan impactante. Ver esas casas, esos derrumbes, ir a buscar entre la tierra y sacar niños¿ es muy duro¿, asegura Leandra. 
 
La situación con el invierno fue tan compleja que Leandra y sus hijos también tuvieron que ser reubicados. Para llegar a la casa que tiene actualmente en Tierra Buena, ella destinó un subsidio de vivienda que tenía aprobado y compró, a ojo cerrado, la casa en el proyecto que había visto. "No había ido antes a verlo; de hecho, no sabía cómo llegar y el conductor del bus me tuvo que guiar. Sin embargo, llegamos y ahora pensaba en todos los gastos de escrituras y demás, y pensaba: 'de algún lado tendré que conseguir'", recuerda. 
 
Una vez instalados en su nuevo hogar, Leandra siguió trabajando y tuvo que ser muy estricta con sus hijos para evitar que salieran de casa cuando ella debía irse. Pero nunca tuvo necesidad de dejarlos encerrados; cada uno sabía que obedecerla y retribuir todo el amor y el esfuerzo que ella les dedicaba era lo más conveniente en un entorno en el que la situación de convivencia era compleja.
 
Una oportunidad para salir de la incertidumbre
 
Luego de que la pandemia del covid 19 detuviera por un momento a Leandra y la llenara de incertidumbres por lo que vendría de ahí en adelante, recibió una noticia que cambió su perspectiva y le permitió continuar trabajando por sus hijos.
 
"Yo dije: 'esto no me puede quedar grande' y un día me llamaron de una Casa de Igualdad de Oportunidades para preguntarme si me podía presentar allá el siguiente día a las nueve de la mañana para participar en un programa de la Alcaldía de Bogotá que se llama 'Mujeres que Reverdecen'", explica Leandra.
 
Ella no sabía de qué se trataba. Cuando llegó, vio a muchas mujeres reunidas y tenía mucha curiosidad. Finalmente, uno de los instructores del programa le explicó, desde cero, todo lo que tendría que hacer de ahí en adelante. 
 
"Yo no sabía qué era un humedal o un corredor ecológico ni por qué eran tan importantes, pero mi instructor me enseñó todo. Empezamos a hacer prácticas en el humedal La Vaca", precisa Leandra.
 
A medida que fue pasando el tiempo y Leandra conocía a sus compañeras, comprendió que este programa no solo la había ayudado a ella en un momento difícil, sino que también había transformado la vida de miles de mujeres que habían pasado por situaciones complejas. 
 
"Yo empecé a escuchar tantas historias de mujeres tan vulnerables, que venían del campo, fueron víctimas de la guerra y sufrieron por la violencia. Ahí comprendí que he sido muy afortunada y que las mujeres sí valemos como personas; que no importa si tenemos 40 o 60 años, nada se ha perdido", dice.
 
La rutina de Leandra cambió por completo. Pasó de estar todos los días en su casa, sin retocar su imagen, a sentir de nuevo las ganas de ponerse sus mejores atuendos y maquillarse para salir a trabajar: "sentí de nuevo alegría por sentirme útil. El cambio lo sentimos en todo sentido: física y anímicamente; fue extremo. Claudia López fue la única alcaldesa que realmente pensó en nosotras, las mujeres", señala.
 
Nace un nuevo proyecto 
 
En la primera fase del programa 'Mujeres que Reverdecen' Leandra amplió sus conocimientos y aprendió sobre diversas técnicas, entre estas, el compostaje. Esto la llevó a motivar a cinco compañeras para crear un emprendimiento llamado 'Le Compagine Bio' ('La Empresa Orgánica').
 
Fue así como Leandra se unió con Blanca Rodríguez, Gilma Fiagá, Yasmín Fiagá, Johana Bocanegra y Helena Beltrán para crear su propio negocio y proveer abono orgánico a cultivadores, comerciantes y demás personas que lo requieran.
 
emprendimiento de compostaje
 
"Les dije que pasáramos por los conjuntos residenciales para recoger el pasto que podan constantemente. Cada una hicimos una inversión de $120 000 y así adquirimos lo necesario para iniciar como, por ejemplo, una compostera manual", afirma Leandra. 
 
No es un trabajo sencillo. Al contrario, requiere toda la paciencia y la fuerza que tienen estas seis mujeres cuando se unen para trabajar. Todos los días, sin falta, se reúnen en una terraza, donde tienen su compostera, para darle vueltas y vueltas y así preparar el abono. 
 
 
Blanca explica que, para sacar adelante este proceso, deben picar finamente el pasto con un machete; luego, mezclarlo con cal, gallinaza, melaza y levadura. Luego pasan esta mezcla a la compostera que deben girar con fuerza todos los días. Este proceso les puede tomar hasta tres meses.
 
"Todas somos madres cabezas de hogar. Queremos seguir aprendiendo y participar en capacitaciones porque nuestra idea es grande. Sabemos que dentro de un año será una gran empresa y estaremos funcionando al 100 %", dice Gilma Fiagá.
 
Estas seis emprendedoras ya hicieron sus primeras pruebas con el abono que obtuvieron. Lo probaron con unos cultivos de papa y arveja que tienen en la terraza y hasta con unas flores que se estaban marchitando. "Una orquídea ya estaba a punto de morir y prácticamente revivió con este abono", agrega Leandra.
 
Esta etapa en 'Mujeres que Reverdecen' y, ahora, como emprendedoras, ha llevado a este grupo de mujeres a crecer en todo sentido. Unas tienen más conocimientos teóricos y a otras se les facilitan las labores prácticas. Unas tienen tiempo para dedicar al emprendimiento entre semana y otras trabajan durante el fin de semana. Así logran complementarse a la perfección y aprender cosas nuevas de las demás.
 
"Gracias a la Secretaría de Ambiente por todos los espacios donde me han permitido participar, porque como mujer he podido aportar. Gracias a este equipo del cual hago parte y donde puedo ser el engranaje perfecto para echar adelante esta rueda. Gracias a los instructores, las compañeras y las mujeres que hoy son parte de este proceso. Hoy podemos decir que somos 'Mujeres que Reverdecen'", concluye Leandra.
 
¡Por mujeres como Leandra, Bogotá reverdece!
 
Escrito por: Laura Rodríguez Arévalo

 

Olga Romero, una mujer que reverdece con corazón inquieto, que encontró en el reciclaje su pasión

Olga Romero, una mujer que reverdece, encontró en el reciclaje su pasión

 

Bogotá, 17 de mayo de 2023. (@AmbienteBogota). Cada vez que Olga Romero se para frente al espejo y mira unas cuantas cicatrices que tiene en su cuerpo, no puede evitar sonreír. Son pequeñas marcas que quedaron para siempre pero que, inevitablemente, le traen recuerdos de la mejor época de su vida: su infancia. 

Trepada entre árboles, sumergida en unas quebradas que la distraían cuando iba de camino a su escuela, jugando trompo y hasta huyendo de vecinos que se enojaban cada vez que ella saltaba las cercas de sus fincas para recoger frutas¿ así pasaba Olga sus días en Prado, Tolima, el municipio donde creció con sus padres y siete hermanos en una finca.
 
"A mí me gustaban los juegos rudos, los que en ese entonces eran solo para los niños. Esta cicatriz que tengo en la frente me recuerda una de las anécdotas más memorables: un niño me lanzó un disco del juego de tejo porque me enojé cuando me dijeron que no podía jugar con ellos. Caí inconsciente, pero al rato reaccioné. También me caí muchas veces de los árboles porque eran inmensos. Era muy inquieta y me gané muchos regaños, y hasta los reglazos que daban en ese entonces los profesores", comenta Olga mientras ríe a carcajadas.
 
Olga no se explica de dónde sacaba tanta energía. Desde las tres de la mañana estaba despierta y lista para moler el maíz y preparar las arepas del desayuno de quienes debían salir a trabajar en el campo. Luego, a las seis y media iba camino para su escuela, que quedaba a 40 minutos de la finca. "Al mediodía debíamos volver a casa a almorzar y luego salir de nuevo a la escuela hasta las cinco de la tarde. Al llegar hacíamos las tareas y ayudábamos con otras labores de la finca. Pero ese trayecto que recorríamos diariamente era el mejor momento del día porque jugábamos mucho", cuenta Olga.
 
Ella asegura que su mayor cualidad es la capacidad que tiene para olvidar los momentos difíciles. "Algún día quisiera regresar a un lugar como ese. Es cierto que había pobreza y limitaciones, pero no me quedo con eso, sino con estos recuerdos que me sacan muchas sonrisas: cuando corríamos con un vaso a recoger la espumita que salía cuando ordeñaban la vaca, o cuando armábamos casas con hojas de plátano o lo que encontráramos. Tengo en mi corazón a la gente y hasta a los animalitos que nos acompañaron en ese entonces", recuerda Olga.
 
La decisión que le dio un giro a su vida 
 
Olga cursó hasta tercer grado de primaria y luego se dedicó a apoyar las labores del campo. Esta rutina la llevó a cuestionarse si debía seguir los mismos pasos de su mamá y dedicar su vida al hogar o si, por el contrario, debía intentar continuar con sus estudios y conocer nuevas personas que la llevaran a vivir un rumbo diferente. 
 
Finalmente, ganó su mente inquieta y decidida. A pesar de que su mamá le aconsejaba quedarse en Prado, Olga decidió escaparse de su casa cuando tenía 16 años e irse con una vecina a Melgar, un municipio cercano, donde planeaban trabajar. Sin embargo, como su amiga nunca llegó al punto acordado, tuvo que tomar la decisión de irse sola a Bogotá, donde vivía su hermana. 
 
"Yo veía un panorama muy limitado en Prado y no quería vivir eso. Entonces planeé escaparme con mi amiga a las cinco de la mañana. Al ver que ella nunca llegó me asusté, pero ya no podía regresar a mi casa porque me daba miedo lo que me dirían mis papás. Entonces llegué a Bogotá y empecé un ciclo de vida diferente", explica Olga.
 
Sin embargo, Olga era consciente de que iniciar nuevos proyectos no sería fácil y menos en una ciudad grande y desconocida para ella. Durante los primeros dos años, vivió con su hermana en el barrio Santa Librada y se dedicó a cuidar a sus sobrinos. Luego, conoció a una familia que venía de Boyacá y le ofreció un empleo en una tienda de mercado que tenían en la ciudad.
 
Con ellos vivió cerca de cuatro años, tiempo suficiente para sentir de nuevo el calor de hogar de una pareja que la acogió como si fuera su propia hija. De hecho, gracias a su apoyo, Olga empezó a estudiar Diseño de Modas. No obstante, tiempo después, su mente impaciente volvió a hacer de las suyas y la llevó a regresar con sus padres por unos meses. "Sentía que el diseño de modas no era mi pasión y regresé a la finca; debo reconocer que fui un poco ingrata. Luego, cuando quise volver a Bogotá, tuve que empezar a vivir sola y buscar otro empleo de nuevo", relata.
 
Con una sanduchera y una licuadora, Olga se las arreglaba para desayunar y cenar en una habitación que tomó en alquiler. El almuerzo era lo de menos, porque lo tomaba en una panadería donde empezó a trabajar de nuevo. 
 
Así pasaron sus primeros años en Bogotá, de un empleo a otro, pero siempre trabajando para poder ir a visitar a sus padres y asegurarse de que tuvieran todo lo que necesitaban. Tiempo después, Olga tuvo una relación amorosa con un hombre que conoció en la ciudad. Aunque no funcionó como esperaba, con él tuvo a su primer hijo, una nueva motivación para seguir esforzándose y encontrar una idea que la apasionara. Más adelante, se enamoró de nuevo y tuvo cuatro hijos más.
 
"Viví 19 años con mi pareja, pero después todo empezó a complicarse. Llegamos a un punto desesperante por causa del alcohol. Aunque era una buena persona, cuando tomaba cambiaba mucho y empecé a sufrir maltrato", señala. 
 
Cuando tomó la decisión de separarse, Olga empezó a vivir uno de los momentos más difíciles de su vida. En ese entonces, tuvo que armarse de carácter para evitar que las malas amistades llevaran a sus hijos por el camino equivocado. "Ha sido muy duro porque ellos han crecido en vulnerabilidad, donde hay alcohol, drogas¿ les he enseñado muchos principios, pero no es nada fácil. Pero sé que con todos mis esfuerzos podrán estudiar y salir adelante".
 
La pasión con la que Olga trabaja también la ha llevado a ser un soporte para otras personas. De hecho, durante la pandemia acogió a una pareja que venía desde Venezuela con una bebé de brazos. Como también había aprendido a conducir, ella salía todos los días a trabajar. "Trabajaba con un ingeniero de vías y lo llevaba a donde necesitara. Aunque muchas veces no tuve para pagar los recibos de los servicios, siempre tuvimos comida para todos", agrega.
 
Ecofamilia: una idea que no solo transformó su vida
 
 
Al ver que Olga era la única que trabajaba incansablemente por sostener su casa y que sus hijos no se motivaban lo suficiente para apoyarla, adquirió una bodega cerca de su casa, en la localidad de Bosa, donde ellos podían empezar a trabajar. 
 
Inicialmente, su idea era cuidar motos en este lugar, pero, aunque puso muchos avisos publicitarios, nunca recibió una. Preocupada, porque ahora tenía que seguir pagando esta bodega, Olga salía de su casa constantemente para pensar en una solución.
 
En uno de esos días, empezó a percibir que su entorno estaba lleno de basuras. Sin saber nada, de inmediato pensó que podía recoger lo que veía, limpiarlo y comercializarlo a otras empresas. Poco a poco fue indagando y aprendiendo. "Al principio recogíamos materiales sin saber si servían para reciclar, pero así aprendimos. Fue una gran idea porque ayudamos a que todos esos residuos se empezaran a reutilizar, de una botella de gaseosa puede salir algo útil", dice.
 
Además de encontrar una nueva opción para sostener a su familia, Olga empezó a transformar el territorio donde había vivido desde hace años, con una labor que no solo impactó al medioambiente, sino que también benefició a personas a su alrededor que lo necesitaban.
 
Olga y su familia suelen comprarles materiales a jóvenes que habitan las calles, que no tienen vivienda y están desamparados. Ellos, generalmente, llegaban con una cara amarga, pero no salían igual. Con la gran sonrisa que siempre tiene Olga en su rostro y el cariño que desborda, todo cambiaba.
 
"Mi negocio se llama Ecofamilia porque yo quiero que este punto siempre sea eso, una familia. Que los que compren o nos provean material tengan ese sentir de unidad que tiene una familia. Las personas que nos venden estos residuos muchas veces vienen con un dolor, no han dormido bien porque están en las calles¿ tienen razones de sobra para tener comportamientos difíciles, entonces nosotros no podemos reaccionar igual, quiero que siempre se lleven otra emoción", agrega Olga.
 
En la entrada de Ecofamilia se ven los costales de plástico y otros residuos que ya han pasado por un proceso previo de preparación y que están debidamente separados. Están listos para ser entregados. Las manos de hombres y mujeres que tampoco han tenido muchas oportunidades de empleo son, también, las cómplices de Olga en esta labor.
 
"Es muy gratificante porque todo ese material que tenemos ya no lo veo en los parques, en los ríos ni en la calle. Ya van para una bodega donde vuelven a ser reutilizados y así cuidamos nuestro medioambiente", comenta.
 
Cuando ella da unos cuantos pasos más al fondo de su bodega, todos la reciben con felicidad; el ambiente mejora un poco más y todos trabajan con dedicación. En los ojos de cada una de las personas que trabaja con Olga se nota el aprecio que tienen por ella. No es para menos, además de brindarles esta opción de empleo, ella se asegura de enseñarles a cada uno cómo encontrar nuevos ingresos económicos a través del reciclaje y, con su espíritu imparable, los impulsa a seguir adelante a pesar de las dificultades.
 
Olga, una Mujer que Reverdece y cambia vidas
 
Un día inesperado, Olga recibió una llamada y una invitación para ser parte del programa 'Mujeres que Reverdecen'. No lo había conocido antes, pero bastó solo un minuto para animarse a participar, porque todo lo que le hablaban al respecto tenía que ver con el cuidado de la naturaleza, la flora, la fauna y la biodiversidad; mejor dicho, con el lugar donde encontró su verdadera vocación.
 
Aunque es muy difícil escuchar que Olga se queja de algo o tiene un ánimo bajo, ella comenta que este programa le ayudó a aliviar un alto nivel de estrés que traía consigo por todo lo que había vivido. Al conocer humedales y todas las especies de flora y fauna que habitaban allí, ella se renovaba.
 
"Me sentía orgullosa de portar ese uniforme de 'Mujeres que Reverdecen'. Lo llevaba puesto, incluso, cuando no era necesario usarlo. Lo lucí muchísimo", relata.
 
Todo lo que aprendió sobre el cuidado del medioambiente y los recursos naturales, durante las dos primeras fases en las que participó, Olga lo transmitió a otras personas. En 2022 comenzó a dictar talleres sobre el buen manejo de los residuos y cómo cuidar nuestro entorno. 
 
"El valor de estar frente a 30 o 40 personas dando una charla sobre estos temas surgió de 'Mujeres que Reverdecen', fue el programa de la alcaldesa Claudia López el que me fortaleció para que yo pudiera tener esa habilidad de hoy explicarles a las personas la importancia del cuidado del agua, los humedales y el medioambiente. Supe que recibieron 1.200 mujeres más y me pareció maravilloso; me alegro por ellas porque van a aprender muchísimo y van a traer experiencias muy muy favorables para sus vidas", explica.
 
Para Olga no existe ningún límite. Después de todo lo que ha vivido y aprendido en sus 52 años de vida, asegura que, aunque hay momentos dolorosos, las oportunidades no se pueden dejar pasar por alto. "Hay situaciones que no son tan favorables, pero todo trae un aprendizaje, vinimos para meterle ganas a todo y ser felices con lo que podemos lograr. No podemos perdernos las oportunidades por tener la cabeza agachada", concluye.
 
¡Por mujeres como Olga, Bogotá reverdece!
 
Escrito por: Laura Rodríguez Arévalo
 

Los pies descalzos que recorrieron Chinavita, Boyacá, y que hoy siembran esperanza en Bogotá

María-Galindo- Mujer-que-reverdecen


Bogotá, 24 de abril de 2023. (@AmbienteBogota). María Verónica Galindo asegura que uno de los mejores remedios para bajar la fiebre es la verdolaga de castilla y que solo basta con licuar unas cuantas hojas de esta planta, con limón, para beberla y sentir una mejoría casi que al instante. También, dice que machacar tres cogollos de paico, mezclarlos con un diente de ajo y tomarlo en ayunas "es bendito" para limpiar el hígado. 

Es imposible no creerle. María Verónica es una mujer campesina, de 69 años, que nació y vivió casi toda su vida en Chinavita, Boyacá. Aunque hoy reside en Bogotá, en el barrio Bosa La Esperanza, mantiene vivas sus raíces sembrando todo tipo de plantas y hortalizas, en dos huertas que tiene en su casa. 
 
Todo lo que sabe lo aprendió desde pequeña, mientras ayudaba a sus padres en diferentes labores; desde la más común, como sembrar, hasta otras más arduas, como caminar cerca de tres horas hasta el pueblo, con maletas y canastos a cuestas, porque en ese entonces no había carreteras, para vender y comprar mercado.
 
Pero hay una tarea en especial que ella difícilmente olvidará: desde que tenía siete años, sus padres la despertaban todos los días a las cinco de la mañana para que fuera hasta un páramo, que quedaba a más de una hora de su casa, a traer un caballo que requería su papá para cargar tejas de barro o piedras para fabricar cal.
 
"Era muy difícil y me demoraba mucho porque caminaba más rápido un viejito de 100 años que ese caballo; ya tenía muchos años encima. Además, iba descalza y sin nada para protegerme. Mis papás estaban endeudados y no había para nada más", cuenta.
 
Ese era tan solo el inicio de su jornada. Al regresar a casa con el caballo, María Verónica tomaba el desayuno que le dieran: caldito con huevo, si había forma, y si no, sancocho de calabaza o una sopa de maíz ¿pintao¿, eso sí, con coles, porque eran sus favoritas. Luego, emprendía otro largo camino hacia la escuela. 
 
"También me iba descalza. Era como caminar entre un pedregal y en el camino había una planada y cuando llovía había que zanjear porque si no se acumulaba el agua. Recuerdo que eso apenas se veía de colores como un arcoíris y, como yo andaba sin zapatos, me piqué los pies; también me picaron el hielo y el cemento. Me salió una infección en los piecitos, por debajo", recuerda.
 
abril- María-Galindo- Mujer-que-reverdecen
 

Aun así, disfrutaba llegar a aprender y, sobre todo, leer, leer y leer. En tan solo el primer año repasó una y otra vez los cuatro libros Alegría de leer: "Mi papá estaba aterrado y asustado porque él estaba sin plata y endeudado, y yo pedía más libros", dice. Sin embargo, sus ganas de estudiar en la escuela disminuyeron cuando sus compañeros, mayores que ella, le hicieron la vida imposible. Le pegaban, la remedaban y hasta intentaron arrojarla a una quebrada desde un puente un día de invierno.

El amor por el trabajo: un legado de sus padres

Tiempo después, María, al iniciar cuarto grado, tuvo que dejar el estudio ya que su papá empezó a sufrir una enfermedad mental que le impidió trabajar; además, unas cataratas lo dejaron ciego por más de 10 años. "Mi papá perdió la cabeza, se volvió como loco y ya no volví a estudiar. Nos tocaba cuidarlo porque no podíamos dejarlo solo. Luego, con unas vitaminas que le dieron, regresó en sí, pero murió de una trombosis, cuando tenía 74 años", relata. 

Aunque su infancia fue muy compleja, hoy María Verónica solo recuerda esa época con gratitud porque, como dice, fue la forma en la que sus padres lograron sacarla adelante a ella y a sus otras cinco hermanas: "mi mamá tuvo 12 hijos, pero seis murieron. Dos gemelos fallecieron 17 días después de nacer y otras cuatro hermanas murieron en un mes por una fiebre. Mi mamá tuvo que enterrar a una hija cada ocho días, prácticamente. A mí casi me lleva esa enfermedad también; mi padrino alcanzó a echarme la bendición, pero Dios me dejó y acá estoy", asegura.

Los padres de María siempre fueron muy trabajadores. Si bien tenían muchas deudas, se esforzaron para sacar adelante a su familia y dejar ese legado en cada una de sus hijas. "Mi relación con ellos era muy buena. A mi papá le gustaba mucho el trabajo y, hasta donde pudo caminar, trabajó. Aunque era delicado y le lanzaba a uno lo que encontrara. Mi mamá sí no, solo me dio tres juetazos una vez porque por ahí le contesté mal...una de pequeña", comenta María entre risas.

Con el amor que tenía por ellos y muy consciente de su esfuerzo, María, que era la mayor de sus hermanas, se encargó de cuidarlas mientras sus padres podían volver a casa. Recuerda que todas las tardes sentaba a las gemelas en sus dos piernas y las arrullaba para que no lloraran.

Cuando sus hermanas crecieron, se fueron a Bogotá a trabajar y María siguió viviendo en la casa de su mamá. A sus 18 años se enamoró de Quintiliano Díaz, un hombre igual de trabajador que su padre, con quien se casó y tuvo cinco hijos. "En septiembre de 2024 vamos a cumplir 50 años de casados. Mi familia lo quería mucho porque mi papá y mi suegro eran conocidos desde tiempo atrás, entonces, miren en lo que resultó todo", expresa María.

Una nueva vida en Bogotá

Recién casados, María y Quintiliano se fueron a vivir a un ranchito que tenía su abuela, era una casa hecha en bahareque. Luego, decidieron irse a San Luis de Gaceno, otro municipio de Boyacá, donde vivieron 12 años. No obstante, sus vecinos no eran iguales de generosos y, por el contrario, siempre mostraron su envidia. Esto los motivó a regresar a Chinavita, donde empezaron a tener problemas económicos.

Como sus hijos ya trabajaban en Bogotá y una de sus hijas ya había logrado adquirir un lote, les propuso a María y Quintiliano vivir en esta ciudad para que le ayudaran a cuidar su propiedad mientras ella trabajaba para terminar de pagarlo; ellos, finalmente, decidieron aceptar.

Semanas después, al ver la difícil situación económica, María, que siempre había seguido los pasos de su papá, compró un carro pequeño para trabajar vendiendo arepas boyacenses. Sus hijos la apoyaron y, mientras ella iba desde la madrugada a Corabastos a traer el queso, ellos le preparaban el almuerzo y, a veces, tenían el maíz molido para que ella pudiera ir a amasar.

"Duré más de 10 años vendiendo arepas, por eso quiero mucho este carro. Así me hiciera 200 pesos, todo lo que ganaba lo ahorraba y con eso logré comprar un lote en el barrio Perdomo, pero como quedaba en unas lomas y había riesgos de derrumbes, perdí mi inversión, porque tuvimos que dejarlo y el anterior propietario no me quería devolver el dinero", explica.

Sin embargo, esto no la detuvo y tiempo después compró la casa donde vive actualmente. Inicialmente, tenían "solo una pieza", una cocina y un baño pequeño, pero con los años lograron construir una casa de cuatro pisos.

Las duras pruebas de la pandemia

Todo lo que habían construido María y Quintiliano parecía desmoronarse cuando llegó la emergencia por covid-19. A su esposo, que siempre suele viajar a otros municipios a sembrar y trabajar, no solo lo detuvieron las medidas que se tomaron durante esta pandemia, sino una grave enfermedad que empezaba a ser más notoria cada día.

"Con el tiempo le diagnosticaron cáncer de próstata. Era terrible porque no podía ni caminar y tuve que bregar mucho para ayudarlo", recuerda María.

No obstante, cuando la situación parecía agravarse cada vez más en todo sentido, una de las hijas de María se enteró de una convocatoria para participar en el programa "Mujeres que Reverdecen", de la Alcaldía de Bogotá, y decidió inscribirla. "Le doy gracias a Dios y a la alcaldesa (Claudia López) por darme esa oportunidad, porque con el dinero que obtenía de allí pude ayudar a mi esposo y salir adelante. Con el tiempo él también logró superar su enfermedad", expresa aliviada María.

Quienes estuvieron acompañando a María en este proceso de formación, se asombraban de ver la energía que tenía. "Yo cogía mi pala para trabajar en el humedal Capellanía, de Fontibón. Había un pastal que tocaba darle parejo, y yo feliz. Ese programa significó mucho para mí y fue una bendición muy grande", asegura.

Aunque María ya tenía conocimientos de sobra, por todo lo que vivió en el campo, aprendió nuevas labores y todo lo ha aplicado en su casa sembrando arvejas, lechuga, canelón, sábila y demás alimentos, que también vende a sus vecinos e, incluso, a personas que viven en otros barrios y visitan su casa solo para comprar. También aprendió que con la labor de sus manos estaba ayudando a salvar el planeta.

Ella ahora es un ejemplo digno de emular: montó un sistema de reciclaje hídrico en su casa, con dos tanques de 250 y 500 litros cada uno que utiliza para recoger agua lluvia.

María y Quintiliano ya tienen 13 nietos y en ellos también siguen sembrando el amor por lo que hacen. "Agradezco a Dios por el trabajo y la salud que me ha dado y por esta familia. Espero darles buen ejemplo, que sean personas de bien y muy trabajadores, así como nosotros lo fuimos. Aunque todavía no me da pereza coger mi pala e ir a trabajar. ¡Si me llaman voy!".


¡Por mujeres como María, Bogotá Reverdece!

 

Escrito por: Laura Rodríguez Arévalo

 

"Encontré un refugio y un consuelo en la naturaleza": Íngrid Romero, una mujer que lucha para proteger el humedal Jaboque

Íngrid Romero defensora humedal Jaboque

Foto: cortesía Íngrid Romero.

Bogotá, 28 de febrero de 2023. (@AmbienteBogota). La naturaleza se convirtió en el mejor refugio para Íngrid Romero, justo cuando ella atravesaba uno de los momentos más complejos de su vida: la pérdida de familiares por cuenta de la pandemia del covid 19.

En uno de esos días de poco ánimo, Íngrid salió al humedal Jaboque a trotar, como de costumbre, pero esta vez fue diferente. En lugar de concentrarse en ver sus dispositivos electrónicos para detallar su rendimiento físico, se detuvo a contemplar un ave que llamó su atención por el color de su pico, que se destacaba, aun, entre la abundante flora de este ecosistema.

"Siempre me enfocaba en cuántos kilómetros corría y en cumplir mi meta, pero en esa oportunidad decidí no llevar mi celular ni mis audífonos porque nunca me había detenido a admirar lo que tenía a mi alrededor. Cuando me desconecté, escuché sonidos que no había oído antes, entonces me acerqué y empecé a detallar el pico rojo, las alas y las patas de un ave y dije: Eso está aquí, no lo puedo creer, entonces llegué a mi casa y empecé a buscar información sobre ella y lo que había en los humedales. Ahí supe que se trataba de una tingua pico rojo", cuenta Íngrid.

Desde entonces, decidió buscar una cámara fotográfica que tenía para tomar imágenes de esta y otras aves del humedal, y contarles a las demás personas que estas especies están en Bogotá y las tenemos muy cerca. 

Al indagar con mayor profundidad, Íngrid empezó a evidenciar otras problemáticas graves que estaban afectando la fauna de este ecosistema: "También está la parte desagradable que es la contaminación, porque a veces arrojamos basura en las calles sin pensar que esta va a parar en los humedales. Un día vi a una familia de tingua pico rojo alimentando a sus polluelos con plástico. También vi un gallinazo sacando una lona con plásticos, botellas e icopor y se estaba comiendo esos residuos", comenta.

Tingual en humedal Jaboque

Foto: cortesía Íngrid Romero.

Sin embargo, como menciona Íngrid, los caminos de la vida la llevaron a unirse con personas que tenían su misma pasión y preocupación. Fue así como, en una actividad de avistamiento de aves, conoció a Laura, Mayra y Zuanny, quienes tenían la iniciativa de proteger estos ecosistemas. Así que, sin dudarlo, Íngrid se unió para dar el impulso que faltaba. "Ellas tenían la iniciativa y faltaba la chispa, pero les dije que no importaba que fuéramos poquitas, que todo lo podíamos hacer y que más adelante seríamos un grupo más grande", dice.

Juntas crearon Minga Ambiental Jaboque, una organización comunitaria que trabaja desde hace tres años en la localidad de Engativá para proteger este humedal y las especies que lo habitan. 

"En el sector de Gran Granada vimos que teníamos un vallado que no le pertenece a nadie y quedó en el limbo, entonces nadie lo cuidaba; las constructoras y la comunidad arrojaban escombros y residuos. Pero allí había vida, había tres tinguas moteadas, una especie en peligro de extinción. Investigamos que esta tingua está en pocos sectores y, por tanto, nosotras podíamos hacer algo para salvarla", comenta Íngrid.

Con su colectivo, estas cuatro mujeres ingresaron al humedal para limpiarlo y retirar las basuras. También crearon campañas y con voz a voz lograron unir a más miembros de la comunidad en este sentir. En efecto, tres años después, aumentó a 16 el número de especies de tinguas moteadas en este ecosistema.

Todo esto también las llevó a crear procesos de educación ambiental dirigidos a la población, en los que fomentan la importancia de cuidar el humedal. Inicialmente, asistían alrededor de 15 personas, pero, actualmente, estos espacios cuentan con más de 50 asistentes.

Aunque Íngrid es administradora de empresas y tiene un empleo alterno, ha dedicado gran parte de su tiempo a este voluntariado ambiental, porque está convencida de que cada vez más personas pueden apropiarse del humedal Jaboque, en el que se han identificado 653 especies, de las cuales 105 son atribuidas a la fauna silvestre vertebrada, principalmente de aves; por ello, es considerado como un área importante para la conservación de estos animales de Colombia y el mundo.

"Invito a la ciudadanía a que se desconecten de su celular, miren por su ventana y observen y escuchen. Ahí se encuentra el cambio. Con pequeñas obras que realicemos ya sembramos una semilla que más adelante va a ser el fruto para la generación que viene. Entre todos podemos preservar nuestro planeta, que es de todos. Detrás de nosotros hay un sinnúmero de especies a las que les estamos destruyendo su hogar por no ser cuidadosos. Pensemos también en ellas", concluye Íngrid.

Quienes estén interesados en conocer las acciones de esta organización y sumarse a las jornadas de limpieza, avistamiento de aves y educación ambiental pueden ingresar a sus perfiles de Instagram: @mingaambiental_jaboque y @colombia_impresionante.